¿Son normales las rabietas de mi hijo/a?

Los problemas de conducta son uno de los problemas más frecuentes y que preocupan más a padres y maestros. Con frecuencia nos encontramos con padres sobrepasados con la situación  que acuden a consulta en busca de pautas y ayuda para reconducir la conducta problemática de sus hijos.

 

 ¿Cuándo debo pedir ayuda? ¿Son normales las rabietas de mi hijo/a? ¿Presenta problemas de conducta o son propias de la edad?

En primer lugar, no debemos alarmarnos si nuestro hijo de vez en cuando presenta alguna rabieta o berrinche ya que son conductas del desarrollo normal del niño que se dan sobre todo en las primeras etapas infantiles configurándose como un modo de expresar la insatisfacción, frustración o enfado ante un adulto cuando aún no es capaz expresarlo a través del lenguaje. La manifestación del enojo a través de la conducta se produce sobre todo entre los dos y los tres años y va disminuyendo a medida que el niño va incorporando el lenguaje.

Por ello la importancia de saber diferenciar que nos quiere decir el niño a través de su conducta.  Por ejemplo, los más pequeños pueden estar manifestando hambre o cansancio a través de lloros desconsolados, en estos casos debemos proporcionales calma y cubrir sus necesidades. Sin embargo en  otras situaciones, los berrinches pueden ser una forma de conseguir un propósito a través de la manipulación. En este último caso NUNCA debemos satisfacer la demanda de nuestros hijos de inmediato, ya que si no aprenden que a través de un mal comportamiento  obtienen a posteriori la atención del adulto o un premio.

En definitiva, lo importante es poder diferenciar el porqué de las rabietas, así podremos manejarlas correctamente. Enseñar a nuestros hijos a tolerar sus propias frustraciones, los convertirá en adultos emocionalmente estables ante posibles dificultades que se encuentren en un futuro.

En consulta siempre pongo el mismo ejemplo:

 

enfado

 

Imagínate que estás con tu hijo y de pronto empieza a  llorar desconsoladamente, gritando y   montando un espectáculo en medio de la calle porque quiere que le compres un juguete.

Tienes dos opciones: 1) comprarle el juguete o 2) no comprárselo.

  • Con la primera opción seguramente tu hijo se calmará rápido y vosotros también os quedareis más tranquilos, ya no tendréis que sufrir la pataleta de vuestro hijo y acabareis los tres contentos.
  • Con la segunda opción tendrás que pasar un mal momento pero tu hijo terminará por calmarse y controlando su propia frustración.

Seria tentador escoger la primera opción donde parecería que lo fácil sería comprar el juguete y problema finalizado para padres e hijo. Sin embargo, si termínanos escogiendo esta opción, lo que parecía en un primer momento la solución al problema se nos vuelve en contra con el tiempo y se acaba convirtiendo en un círculo vicioso que hará repetir la misma pataleta en un corto espacio de tiempo. Si no logramos frenar este tipo de conductas a tiempo, este círculo ( pataletaè premioème calmo) va aumentando a medida que pasan los años en frecuencia y magnitud, hasta que ese niño que empezó aprendiendo que a través de las malas conductas se obtenían privilegios o premios termina convirtiéndose en un adolescente con graves problemas conductuales que terminan repercutiendo tanto en la esfera familiar como en la académica y social.

De ahí la importancia de frenar estas conductas en edades infantiles a través de la intervención temprana de los padres o de la ayuda de psicólogos infantiles en los casos más graves, para evitar que niños con problemas de desobediencia y desafiantes evolucionen hacia trastornos más graves en la adolescencia y en la edad adulta.

 

¿Cuándo debo pedir ayuda a un especialista?

Como he comentado anteriormente no resulta extraño encontrar rabietas o  conductas desafiantes o de oposición a lo largo de un ciclo evolutivo “normal” de cualquier niño. Además las pautas educativas habituales por lo general logran poner límites y poner fin a estos comportamientos.

Ahora bien , en los casos donde los problemas de conducta se expresen por una “terquedad persistente, resistencia y mala tolerancia a las órdenes, negativa a comprometerse, ceder o negociar con adultos o compañeros y una tendencia deliberada a sobrepasar los límites o normas establecidas, aceptando mal o culpabilizando a otros de sus propios actos”  y  además estas actitudes han ido aumentando en frecuencia y magnitud a medida que el infante ha crecido , es recomendable acudir a un psicólogo infantil para que pueda dar pautas a los padres y abordar mediante técnicas específicas esta problemática.

Es importante saber que en estos casos, no existe ninguna solución “fácil y rápida”. El tratamiento debe ser individualizado para cada paciente y cada familia según sus puntos fuertes y sus necesidades.

 

Pautas básicas a tener en cuenta:

  • No utilizar refuerzos negativos (premios ante malas conductas): se incrementa la frecuencia e intensidad de los comportamientos desafiantes en el niño, ya que logra la atención, el tiempo, la preocupación y la interacción deseados.
  • Utilizar refuerzos positivos antes conductas correctas y de forma inmediata: el niño debe ser reforzado en el momento que hace una buena actuación
  • Procurar ser consistentes, claros y coherentes: dar instrucciones claras y precisas, no sería correcto desaprobar una conducta que contempla de forma habitual en casa.
  • Consenso y complicidad. Es necesario que todos los miembros de la familia, y de fuera de ella con responsabilidad sobre el niño, apliquen las mismas pautas a la hora de enseñar al pequeño buenos hábitos de conducta.
  • Anticipar situaciones problemáticas y planificar actuaciones: debemos estar atentos para anticipar momentos complicados buscando la mejor solución sin perder la calma.
  • Utilizar un estilo parental democrático: proporciona un hogar de seguridad donde el niño aprende a sentirse seguro de sí mismo, sin mostrar una baja autoestima e inseguridad.
  • Establecer un buen vínculo con nuestros hijos: Dedicar tiempo suficiente a estar juntos en edades tempranas, jugar con ellos, prestar atención a sus actuaciones.

Mireia Vergé (Psicóloga Infanto-Juvenil)